edurdo nabal

Nacido en Burgos en 1970, escribe desde niño y lee vorazmente novelas, cuento, teatro y ensayos. Cursó estudios de Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Salamanca. Actualmente acaba, en la Universidad de Burgos, la carrera de Humanidades. Ha finalizado los tres grados del “Curso de Historia y Estética de la Cinematografía” de la Universidad de Valladolid. Ha sido coordinador del “Aula de Cine y Audiovisuales” de esta Universidad durante tres cursos, poniendo en marcha las diferentes ediciones del “Curso de Cine y Literatura” para dicha entidad. Obtuvo en el año 2004 una beca para estudiar un curso de la carrera en la Wake Forest University de North Carolina (EEUU) donde curso las asignaturas de “Lorca en el siglo XX”, “French cinema”, “European drama” de “Gay and lesbian film theory”. Ha colaborado en diferentes revistas como crítico cinematográfico y literario además de cómo escritor de relatos, teatro breve, artículos de opinión y ensayista en las revistas ZERO, Mensual, Infogai, Versión Original, Palimpsestos, El mono de la tinta, Monográfico, Caminos o la revista C3 de Espacio Tangente. Escribe en diferentes páginas electrónicas como www hartza.com y ha colaborado con uno de los capítulos del libro “Teorias queer…” (Editorial Egales), de reciente aparición. En Burgos fundó la revista de divulgación de cultura gay, lésbica y queer “La Kampeadora”. Fue guionista del programa cinematográfico de Canal 4 de Burgos “La Cabina”. Actualmente escribe un libro sobre cultura, cine y disidencia, además de colaborar en diferentes talleres y foros literarios.

 

 

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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada

leopoldo maría panero

 

 
    

 

paola y los perros

eduardo nabal

      

Inspirado en un hecho real

 

 Paola tenía dos perros. Ahora  ya  sólo le queda uno. ¿Cómo y cuando sucedió esto? Una tarde  volvía del trabajo a casa, agotada. Los  tacones parecían pesar más de lo habitual sobre la madera cubierta  de arenilla del portal.  Subía suspirando, con su mono de cuadros azul turquesa y su pelo largo y sedoso algo estropeado por la llovizna y el cansancio. Al entrar se  encontró a Luís, su pareja, más borracho de lo habitual, tendido en el sillón raído, frente al  partido de fútbol. Un partido que había permitido que muchos de sus compañeros no acudiesen hoy al curro sin tener que dar  explicación alguna. Un partido que había acabado con resultado desfavorable para el Real Luís Madrid. Presintió que  tenía  ganas de bronca. No era la primera vez. A pesar de todo ella lo saludó con su tono dulce  y le pregunto con su voz aterciopelada ¿Qué tal el día? Pero  él se levanto bruscamente de la  mesa del saloncito, tirando al suelo las botellas de Mahon que había dispersas  allí. Paola se dirigió directamente a su cuarto pero  fue inútil. Luís  estaba hecho una fiera. Aporreó la puerta con todas sus fuerzas  y finalmente consiguió abrirla. El cerrojo llevaba mucho tiempo sin arreglarse. No había tiempo ni dinero nunca para ello. Empezó a golpearla. Tampoco era la primera vez que esto ocurría  pero esta vez estaba como loco. Le dio un puñetazo en un hombro que no le dolió especialmente pero que logró asustarla del  todo. Paola logró zafarse y corrió hasta el baño, donde si pudo encerrarse unos minutos, allí si había un pestillo firme.  Tuvo tiempo para recordar que aquella mañana  se había dejado el móvil junto al lavabo, después de maquillarse y que esa era su oportunidad. Marcó el número de la policía y luego se sentó en la taza del váter tapándose los oídos para no oír los gritos y patadas que Luís propinaba, con cada vez más saña, a la puerta del servicio.  La policía no tardó en presentarse. Luís se resistió pero finalmente tuvo que abrir la puerta ante las firmes  amenazas de éstos de echarla abajo. Cuando entraron  ella se armó de valor y salió del baño. Los agentes rodearon a ambos.  Su compañero seguía borracho y con expresión desencajada,  pero no parecía muy nervioso.   Paola tartamudeó un poco pero enseguida pudo contar algo de lo sucedido a los agentes. Los policías, tres chicos y una chica de diferentes edades, la miraron como sin comprender de qué hablaba, con ademanes prepotentes y poco amistosos y  les pidieron a ambos la identificación. Le devolvieron el carnet a Luís sin decir nada  pero cuando se fijaron detenidamente  en el de Paola la cosa cambió. Su nombre legal no se correspondía con su aspecto actual. El sexo que  revelaba documento no era el adecuado para sus maneras suaves y  las grandes curvas de su cuerpo, ni su cabello largo ni sus labios pintados de carmín rosa pálido. ¿Pablito, eh? Vaya fraude, dijo socarronamente  el más joven de los tres agentes.  Entre dos de ellos empezaron a empujar a Paola y la esposaron. Ella protestó, sollozó , les  suplicó que al menos le dejaran llevarse la medicación y dejar agua y comida a los perros, ya que Luís nunca se ocupaba de ellos. Entonces uno de los chicos la llamó “travestón” y la chica, no mucho más considerada que el resto de sus compañeros varones, añadió “seguro que tienes antecedentes penales”.  Entre los cuatro la empujaron a la salida, sin oír sus protestas. Uno de los perros de  ladró con hostilidad a los polis  y se acercó a morder a uno de ellos  como en señal de protesta por lo que estaba sucediendo, pero Luís le dio una patada, para hacerlo callar, satisfecho con el resultado de lo sucedido. El perro lanzó un breve gemido. Paola dentro del coche celular apenas podía creer nada de lo sucedido. Lamentaba haber marcado ese número. Era como si se hubiera quedado dormida mientras esperaba su salvación, sentada en la taza del váter, y se hubiera sumido en una extraña y brutal pesadilla de la que no sabía como ni cuando iba a despertar. Las muñecas le dolían, ya que la forma en que dos de los chicos le habían puesto  las esposas había sido lo más brusca posible y  además de las muñecas tenía los rojos enrojecidos por un llanto que no acababa de salir. Trató de entablar diálogo con los policías que se sentaban delante, de explicarles bien lo sucedido, que no tenía antecedentes penales, que ella estaba siendo agredida,  pero estos encendieron la sirena del coche  para no tener que  oírla. Una verja de silencio de interpuso entre ellos.

 

         Al llegar a comisaría, una comisaría casi vacía por la caída de la noche, la empujaron dentro y la condujeron a uno de los calabozos. Pero para bajar al calabozo asignado había una empinada escalera de mármol por la que  Paola bajo rodando cuando el más fuerte de los tres, con un ojo bizco y expresión de mezcla de cansancio y rabia mal contenida, la empujó con violencia. Allí abajo la levantaron entre los cuatro y Paola,   en quién la aparición de la furia había superado  al dolor mismo, trató de zafarse y les dijo que se les iba a caer el pelo, que lo que estaban haciendo era cruel y antidemocrático y que iba a denunciarles. El policía bizco río y agarrándole por el mono azul le espetó “por muchos derechos que os quiera dar  de el ZP, aquí  Pablo  no  eres un puto travestón”. Luego le arrancó las gafas, tenía once diotrías, y se rió en su cara.   Viendo que el paisaje se nublaba casi  por completo Paola  comenzó a gritar, a decir que tenía derecho a llamar a un abogado pero hicieron como si no la oyeran y  la obligaron a  entrar en la celda,  cerrando  la puerta  con un golpe seco y metálico. Al verse allí sola, cegata  y magullada Paola no lloró sino que empezó a pensar. Pensar, pensar y tratar de relajarse para no derrumbarse del todo, para poner algo de orden en su cabeza. No se acordó de Luís, que después de lo sucedido bebería un poco más y abandonaría el piso, sino de su perro negro, el más débil de los dos, algo enfermo,  el único de aquella jauría que la había defendido. Pronto, se dijo, empezaría a sentirse mal ya que no podría tomarse las  hormonas que  le correspondían aquella noche y eso le acababa produciendo  un terrible efecto depresógeno. Fueron las 48 horas más largas de su vida. Ni haciendo colas para que médicos orgullosos y no siempre comprensivos la examinaran, la revisaran el tratamiento, ni ante las consultas de psicólogos ante los que debía demostrar una y otra vez su feminidad, ni siquiera esperando para la ansiada y temida operación, sedada, a punto de dormirse, se había sentido tan sola y desesperada . Ni en las noches de fútbol pasadas con Luís, al que seguramente no volvería a ver.

 

         Paola empezó a adormilarse, a pesar de que ya notaba los efectos de  tantas horas sin medicación, y tuvo unos sueños horribles llenos de ladridos, golpes, insultos, pestillos que no cerraban, puertas que se abrían y un carnet de identidad que no había podido cambiar todavía.  Al abrir los ojos se acordó de la gente que la apoyaba, de sus amigas y amigos, de lo que haría al salir de aquella trampa digna de otros tiempos y otros lugares.

    A la mañana siguiente, ¿cuánto tiempo había pasado?, Paola oyó un ruido. Entró un agente anciano y  regordete, al que no conocía de nada, y le abrió la puerta. Le dijo con voz seca y baja: Puedes irte. Paola, tambaleándose un poco y conteniendo un gemido, no se detuvo a mirar ni a hablar con el agente sino que salió de la comisaría apresuradamente  y se dirigió a su casa, tratando de pensar lo menos posible. Al llegar el panorama era parecido al de aquella noche ¿la anterior?,  con las botellas por el suelo y la tele todavía encendida. Oyó el llanto de uno de los perros que olisqueaba al otro,  tumbado en el suelo, muerto de hambre y sed. Entonces Paola lloró, lloró desconsoladamente, como casi nunca  había hecho, y se abrazó al otro perro, al perro  blanco que quedaba con vida. Entonces ya empezó a pensar en cómo iba a presentar la denuncia y a quién llamar primero.

 

Dos días después había una concentración organizada por el grupo de gays, lesbianas y transexuales de aquella ciudad, no muy importante, el único grupo que había en aquella localidad,  y en el que Paola había participado esporádicamente, ya que apenas tenía tiempo libre. Cuando llegó, con su mono azul, su tez pálida, su voz dulce y su larga melena algunos amigos, amigas y conocidos la abrazaron y dos periodistas del periódico local empezaron a hacerle preguntas a las que ella respondió lo mejor que pudo. Se sintió de nuevo querida y alabada y pensó en que había gente maravillosa en el mundo, incluso en esa plaza flanqueada por furgonetas policiales, donde ahora brillaba un sol radiante y esperanzador.  Los chicos y chicas del grupo levantaron una pancarta en la que  decían “Stop Transfobia” y pedían responsabilidades y entonces es cuando se acercaron los agentes. No había ninguno de los que había agredido a Paola, pero para ella ahora todos aquellos hombres uniformados formaban parte de la misma inhumana jauría. Pidieron la documentación a los responsables del evento ¿Quién ha convocado esto? y varios tuvieron que darles sus DNIS, entre ellos Paola. Uno de los agentes jóvenes se acercó a ella y le dijo con voz serena “Nosotros estamos aquí únicamente   para velar por su seguridad”.

 
 


   
 
 
 

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