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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada leopoldo
maría panero
cuqui cueto: poeta oral, obra en
marcha, cartoncito de vino a punto
diego medrano
Aquí salgo junto a Cuqui Cueto:
poeta oral, divino clochard, obra en marcha. Mi libro de relatos –pronto
editado- lleva un título que sólo podría ser debido a Cuqui Cueto: “Sobrevivir
puede ser muy divertido”. Ésta, que ahora muestro, es también la foto interior.
Medrano junto a Cuqui Cueto o algo así; tampoco importa demasiado, nunca me ha
trastornado esto de las fotos y sólo me ha generado trastornos. La dedicatoria
del libro no puede ser más intensa: “A Cuqui Cueto, que empeñó su vida por un
mal trago; que atracó cierta sucursal bancaria por un mal sueño”. Si algo me ha
interesado de los vinos con Cuqui Cueto –cartones de Don Simón, delirios,
esbozos, pesadillas- ha sido su negativa fáctica y manifiesta a usar soporte
escrito alguno en sus innumerables fantasías. Creador a rachas y sin tiempos.
Como el “flâneaur” de Baudelaire y el “clochard” parisino, sí, Cuqui ha sido y
es un escritor de la palabra; “aeda” si nos atenemos a los textos griegos y
homéricos. Aquél que vive de lo que cuenta, aquél que vive de lo que canta,
aquél que tiene memoria y no la malgasta en vano. Memoria en contra de la vida,
memoria en contra del dinero, memoria antes de amor o futuro. Decía Baroja en
un artículo: “Si pierdo memoria, pierdo dinero”. Cuqui Cueto, superviviente en
exceso divertido, sabe cuál debe ser el diáfano terreno de la escritura: aire
polar, oxígeno que se busca, el sofoco y su fatiga, ilusión que cambia de forma
con el mero parpadeo. A mi, de forma inesperada, comenzó a hablarme de mis
libros, de mi propia persona, tendiéndome el testigo de su cartoncito y
gesticulando como marionetista de un teatro donde ya todo pasado se había
empeñado o, falsamente, olvidado. Recordemos, con Baroja, que la memoria es lo
último que se pierde. Recordemos, con Cuqui, que el cartón/tetrabrick se tiende
en busca de conversación y no de aprendizaje. Vino como sueño –tan espumoso- y
como pesadilla.
Este domingo tonto, tan
tonto como esta España llena de fiestas, tan trágica por estas fechas, no tiene
más motivo que el de la pincelada, la ilusión, lo abstracto, aire que se busca
entre Ducados y Ducados, entre pestazo a ginebra y pestazo a pasado.
“Sobrevivir puede ser muy divertido”, si algo tengo que decir, es que se trata
de un libro sobre el fracaso asumido. El fracaso es siempre como aquel que la
tiene muy pequeña, micropene, casi minúscula: una vez que se asume, ya todo son
risas. Me gusta esta clase de libros en los que, abiertamente, sin rodeos, a
tenazón (una expresión muy barojiana) vendo mi fracaso enlatado, sin titubeos.
Fue Cuqui Cueto –amaestrador de orquídeas en jardines públicos- quien me brindó
las citas que lo encabezan: “Si no sabes dónde vas, cualquier camino sirve”
(Lewis Carroll); “El destino se abre sus rutas” (Virgilio); “El que ha
naufragado tiembla incluso ante las olas tranquilas” (Ovidio). El género por
antonomasia del fracaso es el relato –lo saben todos- y siempre se procura
venderlo como otra cosa. Mis mascaradas –antifaz incluido- suelen ir por otros
sitios y soy sincero al máximo: es un libro de relatos y la novela de mi vida.
Cuqui Cueto sabe como nadie que no pesa el corazón de los veloces, que poco
importa la cuenta de resultados, que el destino se abre sus rutas. Adoro los
creadores literarios que separan vocación de destino: “Esto no es una vocación
sino mi destino”. Adoro los creadores literarios que ninguna impresión tiene de
una trayectoria y sólo piensan en libros, casi antes que en sí mismos. Libros
en lugar de meses o semanas, a tantos libros de un viaje o tantas líneas de
tomar algo, una copa, lo que sea. Y en medio de todo, el poeta oral: Cuqui
Cueto. El escritor ágrafo –mi máxima obsesión- y aquel que salva la vida porque
no escribe, justamente porque no escribe, en movimiento contrario al que lo
hace constantemente, en una lucha infantil, sin tregua, por afirmarse hasta la
pesadez y el horror. Aquí salgo con Cuqui Cueto, les decía, pero el tema es que
casi no me reconozco. ¿Cuántas orquídeas llevaría encima ese día?. Hoy es domingo
y sigo aquí, al pie de la caligrafía.
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